¿Sabes por qué después de un beso hablamos en susurros? Porque luego de un momento tan mágico no queremos correr el riesgo de despertar nuestro pasado con palabras recias. No queremos que una palabra desempolve algún recuerdo que altere ese momento. Y es que todos tenemos nuestro equipaje, distintos labios han marcado y herido nuestros corazones y no sea que por hablar recio alguno de esos recuerdos se meta en nuestra mente en ese momento y le robe la magia que nos ha regalado.
No queremos correr el riesgo de caer en comparaciones, sería injusto para ti, para mí y para el recuerdo. Tal vez por eso también nos movemos despacio, por miedo que el gran mago corra la cortina demasiado rápido y nos deje la sensación de vacío con la que vivíamos antes del encuentro. Las manos parecen encontrar su camino y al igual que otros actos de prestidigitación esconden las verdaderas intenciones, ya sean de retener, de deseo o simplemente dibujan un hechizo en un esfuerzo por fundir ambos cuerpos y que las almas se toquen más allá de lo que las palabras puedan lograr.
Por supuesto que hablo de esos besos especiales, aquellos nacidos en el corazón y no fabricados en la máquina de complejos que es la cabeza o surgidos del deseo debajo de la cintura. Hablo de esos besos que no quieren aprisionar sino liberar, liberar lo que hemos estado tragando amargamente noches antes cuando empezamos a imaginar el escenario para su nacimiento.
Esos besos que conforme más vueltas al sol tienen nuestros cuerpos más peligrosos se vuelven, o tal vez sólo sea que de jóvenes somos más valientes y estamos dispuestos a jugarnos una herida con mayor facilidad. Pero conforme el tiempo nos acumula calendarios, cada uno de esos primeros besos es un riesgo mayor, porque cuando las hormonas ya han sido conquistadas por el cerebro y somos más dueños de nuestros miedos, somos capaces de pensar en las consecuencias con mayor atención. En realidad, si somos justos, todos nuestros primeros besos, a excepción de aquellos que tienen la bendición de ya haber dado el último, nos han dejado tristezas.
Y aun así, quién de nosotros no buscaría arriesgarse una vez más y besar unos labios esperando que la temida consecuencia no sea un adiós, como lo han sido todas las anteriores. Pero los demonios son grandes y habitan al lado de la memoria. Nadie que tenga muy reciente una decepción se atreverá a dar uno; nadie que tenga ya muy lejos su último adiós quiere atreverse. Y así los demonios van ganando territorio como en una partida de ajedrez cuyo único resultado parece ser la derrota ante la soledad o la conquista de la misma mediante la aceptación.
Hace más de tres mil años que el humano inventó el beso como medio de expresión de los sentimientos, el ciclo se ha repetido una y otra vez en la comedia humana, con infinidad de primeros besos y casi la misma cantidad de decepciones. Por eso, hablar recio es casi una falta de respeto, porque durante ese primer beso fuimos co-creadores de la sinfonía que mantiene este universo en movimiento, el amor, y ya nos pertenece desde el momento de separar los labios, sólo nos queda retirarnos y tratar de absorber lo más que podamos de ese momento.
Y al igual que esos momentos que siguen al beso, este texto no encuentra su salida, porque aunque habla de un imaginario beso que nunca nos hemos dado y que tal vez nunca daremos, simplemente no encuentro las palabras. Sé que vería tus ojos y tomaría tus manos para retenerte cerca un momento más, sé que mis pies buscarían el suelo para descender de nuestro cielo privado y así reconectarme con la realidad y mi mente saltaría estrepitosamente buscando un ancla y mis complejos se sentirían amenazados pues el beso no sería en sí mismo un fin, sino un principio, y ellos llevan tanto tiempo dominando el campo que se verían amenazados por primera vez en mucho tiempo.
Y así deambulo por el mundo, soñando la posibilidad de besarte por vez primera y a veces perdiendo ante el miedo de otra nueva decepción y pensando que sería mejor no arriesgarse. Definitivamente besar a alguien después de los treinta es un deporte de alto riesgo, ninguno de los dos está para arriesgarse con un “tal vez funciona”, pues es de suponer que el corazón sólo puede soportar cierta cantidad de heridas antes de quedar inservible.
Ambos estamos en este juego, y ninguno tiene las instrucciones, sólo conocemos las reglas. Ni tú ni yo saldremos ilesos, pues cuando los dados sean tirados la partida debe terminar, de una forma o de otra, y lo que es peor, ninguno de nosotros controlará los dados. Será el destino quien caprichosamente determinará los siguientes movimientos y pondrá los obstáculos de siempre, la familia, las aficiones, los defectos; y ninguno de estos enemigos pueden ser vencidos por algo como un beso.
Lo único seguro es que luego de besarnos, hablaremos en susurros, y la menos eso sabré por qué lo haremos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario