miércoles, 6 de marzo de 2013

La Pajarera

Pulsas el botón. Inhalas por última vez el humo del cigarrillo. Es curioso, te das cuenta como el día comienza a las cinco treinta y no despiertas hasta las ocho menos diez cuando tocas ese botón. Tiras el cigarro y tu pie termina de extinguir el humo de la colilla con la misma facilidad con la que la jornada termina tus sueños de la mañana. Esos sueños que no pertenecen del todo a la noche ni del todo a tu conciencia.



Esos sueños que son tu compañía mientras el agua de la regadera limpia tu cuerpo y purifica la mente de esa noche que pareciera negarse a terminar y presiona tus párpados los primeros minutos del día. Esos que son tu copiloto rumbo al trabajo y que te hacen apagar el radio para que se apoderen mejor de ti y sentir que vives la vida que deseas mientras el rojo te da permiso de seguir avanzando.

Se abre la puerta, entras a ese espacio de treinta metros cúbicos. Nuevamente pulsas un botón. Por obra de ingeniería un sistema de pesos y contrapesos te lleva del sótano cinco a la parte alta. Te saca del hoyo de tus sueños y te lleva al cielo de sueños ajenos. Ese lugar donde trabajas ocho horas para hacer realidad las ilusiones de un empresario que humanamente esclaviza tu vida a cambio de una limosna salarial.

Ese pequeño cuarto es la garganta por donde la sociedad te vomita de tus sueños a la realidad. Es como una pajarera para humanos que sube y baja todo el día, que atrapa libertades, purga sueños, invade pensamientos. Sientes la fuerza con la que se viola la gravedad y su impulso se confunde con tu café mal tomado y el cigarro benditamente encontrado en tu guantera. Esa sensación gástrica que oscila entre la náusea y un placer mal entendido.

Ahora se abre de nuevo, lugar, sótano tres. Autómatas disfrazados de ejecutivos suben y con cara de bostezo reprimido te dan los buenos días. Esos ciudadanos que poseen una fábrica de complejos y un procesador de alimentos en su interior. Ambos adornados por la corbata en oferta del comercial de moda. Te preguntas si ellos al igual tuyo guardan un suspiro en su mirada y una caricia en los labios. Si sus frustraciones son como las tuyas o su vida es tan perfecta como lo aparentan.

Se abre de nuevo. El público femenino le da un tono más humano al cuartito. Primero una secretaria bañada en perfume y perfumada de poca clase. Te preguntas como puede mascar un chicle a esta hora. Su uniforme alivia tu jornada, se bajará en el doce. Una dama de nariz respingada y nalgas maltratadas sube con lentes oscuros. Es curioso, entraste hace tanto al sótano que no eres capaz de imaginar la cantidad de sol que abra ya para que esta señora vaya con gafas del tamaño de visores antirradiación.

Dos hombres más. Su facha es tan estereotipada que no sabes si son abogados, corredores de seguros, vendedores o algún híbrido de computación y bachillerato. Celular en mano se despiden de algo. Porque el trato es tan impersonal, tajante y poco amable que si no fuera por el “vaya cielo” de al final pensarías que hablaban con su perro.

Un hombre con casco logra entrar al último. La puerta casi se queda con su mochila. Es el único que no te causa disgusto. Sonrisa franca, ropa sencilla y manos callosas te hacen que te identifiques con él de inmediato. La gran diferencia es que no parece molestarle la jaula. Quizá la libertad que le da su menor pretensión social le hace más fácil soportar la gravedad del mundo.

Te reprimes por no haber disfrutado más del domingo en el parque. Por no haber visto ese programa cómico en la tele o por no haber soñado un poco más esta mañana. Por todas esas cosas sencillas que fertilizarían un poco más tu vida evitando ese sentimiento de ser también una máquina que sólo puede apagar sueños de juventud.

Te recuestas en la esquina, es el último sitio de privacidad que queda. En la pajarera todos invaden tu espacio. Tu sagrado espacio que sólo compartes con tu almohada y alguna cerveza esas noches de fútbol. Pero aquí eres atacado, la guerra se libra en cada poro. Cada nueva persona que ingresa es un frente de batalla que te hace retroceder más y más en la esquina. Quisieras echarlos a todos, reclamar lo que por derecho te corresponde. Pero al igual que todo, te obligan a compartir y pintar una mueca de sonrisa cuando alguien tiene un atisbo de cortesía y saluda al ingresar.

Decides dejar de prestar atención a tus compañeros de jaula y tratar de terminar ese sueño que la colilla se llevó al tirarla. Pero dos amigos comentan el juego de anoche y sus ladridos no dejan que tu tímida conciencia hable lo suficientemente recio como para que la escuches.

Piensas en otras cosas, tratas de evitar oír la conversación que inunda el pequeño ambiente. No sólo invaden tu espacio, atacan tus oídos, derrumban tus pensamientos. Y por si fuera poco el conjunto de olores de lociones, perfumes, desayunos y quien sabe que otras pócimas altera tus sentidos. Llevas tu mano a la nariz e inhalas el olor a cigarro que te quedó en las uñas. Te maldices por no haberlo terminado cuando podías.


Se abre la puerta en el segundo. Alguien se despide. Alguien saluda. Alguien sueña. Alguien bosteza. Alguien habla. Pero no eres tú. Sigues escondido en la esquina, con la mirada baja esperando hacerte invisible para que el viaje sea más llevadero.

Te pones nervioso. Vas en el cuarto. Falta sólo un escalón más para que tu vida sea importante. Sientes como si tu corazón no hubiera latido hasta esta hora. Tu respiración por primera vez en el día oxigena la sangre y despeja la nicotina de tu mente.

En el quinto la campana que acompaña la puerta es el prefacio de la visión del día. Un sueño vestido de falda y blusa inunda de belleza el lugar. Es ella, la misma mujer de cada mañana que sube en el quinto piso. Su porte esbelto y su postura aristocrática hipnotizan tu voluntad y tus prejuicios se encadenan a sus ojos.

Te mueves un poco adelante fingiendo que te acomodas y por sobre el hombro de un caballero vez parte de su cuello y pecho. Ves esa piel morena, ese gusto a Afrodita y caribe que tanto te gusta. Es como si su alma de mariposa estuviera envuelta en seda color piel, sospechas e intuyes que adentro de tal escultura vestida de uniforme se esconde un ser aún más hermoso que el que adorna el ambiente en ese momento.

Saluda con seguridad y su voz con acento a tango penetra el alma en tu oído y su dulce dardo destruye tu voluntad con la facilidad que se deshoja una rosa. Estas vencido. Llevas meses viendo su belleza y tu corazón cual potro salvaje patea contra tu pecho pidiendo que lo ensilles de palabra y le dirijas siquiera una frase.

Pero aún tus complejos son más fuertes. Al llegar al séptimo piso ya casi no pelea. Se resigna domado por el miedo, se duerme nuevamente junto al resto de tus sentimientos no confesados y llora en silencio esperando mañana encontrar la ventana por la cual un simple saludo pueda tender un puente imaginario entre esa diosa y tu persona.

Ella voltea a ver a sus acompañantes de paso y su mirada se posa por un pequeño pero infinito segundo en tus ojos. Una sonrisa muda parece salir de sus labios. Sí, fue así, sonrío contigo. Quizá por compasión, quizá tu sentimiento logró llegar a su alma y escuchó lo que tu deseo grita desde su oscuridad. Parece mentira como un instante puede ser a la vez tan fuerte y tan mortal. Ya no te mira. Te reprendes internamente por no haberle devuelto la sonrisa. Fue tan repentino que no supiste que hacer.

La gente comienza a bajar en el décimo. Los autómatas y el motorista van primero. Miras con ansiedad la numeración y tus intrusos. Conjeturas donde se bajan. Sabes de memoria que ella va al quince. Si todos se bajan antes tal vez te atrevas a hablarle. Cualquier pretexto sería bueno. Quizá le preguntes del clima, se sonreirá por la ironía y por segunda vez tu corazón palpitará hasta la médula. Una segunda sonrisa que ella dedica a ti. La primera quizá fue accidente, quizá no se dio cuenta que la mirabas. Pero ahora sería diferente. Solo estas tú y ella en la jaula, esa risa robada sería tuya y de nadie más.



 La secretaría y su uniforme de estudiante sabes que baja en el doce. La señora de lentes ridículos podría ir más allá del quince. Si gritas una amenaza de bomba quizá se baje. Pero podría bajarse ella también. Descartas la idea y no reaccionaras de lo estúpido de tu propuesta hasta que llegas al piso once. Una tímida sonrisa sale de tu boca y te das cuenta de la realidad.

Llegas al doce, la secretaria y los estereotipados se bajan. Queda la tipa, dama si se baja pronto, bruja si pasa del quince. Te regañas de nuevo por no darte cuenta que botón pulsó al subir. La ansiedad desaparecería si tuvieras ese dato. Siempre dejas cabos sueltos y luego eres víctima de tu irresponsabilidad. Hay tres botones marcados, el catorce, el quince y el tuyo. Reaccionas y comprendes que se bajará en el catorce.

Cuentas con cuatro segundos antes de llegar a ese piso. Más otros ocho que se ocuparan en los que baja la señora. Te dan un total de doce segundos para planear lo que le puedes decir. El gastado pretexto de preguntar la hora no funciona, traes manga corta y tu reloj queda hacia su lado y notará que lo llevas. El clima ya no parece ser tan buena idea.

Solamente once segundos más. Puedes mencionar lo bello de su sonrisa o lo suave de sus labios. Pero por atrevido lo desechas, no quieres que la primera impresión después de cuatro meses de verla en el mismo lugar te sea desfavorable. Diez segundos más. Te preguntas como sería verla en otro ambiente. Libre, fuera de la jaula, sin la presión de la inminente llegada de la hora de la esclavitud que arranca a las ocho. Quizá en un parque, tomando helado sola. Podría ser que te reconociera y te diera otra sonrisa.

La imaginas una noche caminando por la playa. Al igual tuyo escuchando llorar el océano y tratando de soportarlo. Ambos caminan en aquella oscuridad con la inigualable bendición de haber perdido el reloj metros atrás. Sus pies descalzos parecen acariciar la arena. El perfecto porte de sus hombros desnudos te hacen imaginar su sabor al tacto de tus labios. Piensas en su expresión de placer y deseo si la besaras lentamente por el cuello, una unión sin prisa, sin testigos, simplemente el inicio de lo que más tarde sería una noche juntos, una noche eterna que no terminaría aún cuando los hijos regresaran de la Universidad.

Reaccionas que has perdido dos segundos en los helados  y la playa cuando suena la campana del catorce. Tu respiración aumenta, las palpitaciones suben a tal nivel que casi hacen eco en el cuarto ahora casi vacío. La matemática cae de golpe y te recuerda que tienes otros cuatro segundos entre el catorce y el quince. Aún hay tiempo, te concentras y una ligera transpiración aparece en tu frente. El nerviosismo no te deja pensar con claridad.

La dama baja y se despide, contestas el buenos días mientras tu mente tiene un cuatro impreso en ella. Se cierra la puerta. Anímate, vamos, has algo. En cuatro segundos ella saldrá por la puerta de esa jaula hacia su libertad y perderás un día más sin hacer nada.

La volteas a ver y su perfil embriaga tu pensamiento y derrama en tu corazón una catarata de belleza inimaginable. Nunca la habías visto en ese ángulo. La luz mortecina no le pega directo, parece que hasta la misma luz admirara su belleza y en lugar de iluminar se empaña ante ella. Un rayo más soberbio intenta llegar a su rostro y en lugar de pegarle la acaricia haciendo resaltar su nariz y las pestañas infinitas.


Sus pómulos tímidos casi no llaman la atención, saben que la barbilla se lleva los honores a su paso y se limitan a ser la corte de la belleza envuelta en mujer. La falda arriba de la rodilla te hace suponer que Miguel Ángel debió conocerla al esculpir los muslos de sus mujeres, sus diosas. Porque eso es ella, una amalgama de humano y divino, de mujer y sueño. Quisieras verla en blanco y negro, para con tu imaginación pintar cada centímetro de su cuerpo con los colores del amor y la ropa del deseo.

Sin lugar a dudas el dueño del universo tiene hijos consentidos. Es evidente que en esta criatura puso doble esfuerzo. Cuesta ver tanto de divino en un solo cuerpo, es tal su resplandor que no puedes abarcarlo de una sola mirada. Casi te has bebido su silueta cuando solamente dos segundos te separan del final.

Piensas a lo loco, tus pensamientos no están siendo filtrados por la razón como debieran y te golpean la garganta miles de incoherencias que debes reprimir para no invadir con tus torpezas el aire que ella respira.

¿Por qué no la besas? Acércate a ella y la abrazas, te ahogas en su mirada negra y dejas que sin palabras tus labios testimonien lo que por dentro te quema. Un beso tierno y seguro. No podrá reaccionar, cuando suene la campana un segundo más tarde tu ya habrás bebido su alma y será tuya. Ella sentirá en tu beso lo que llevas por dentro y ese segundo le hará saber lo que tres meses de conquista no lograrían hacer bien.

Será el segundo que dos almas gemelas esperan por mil años para volver a repetir desde su último encuentro. En ese beso, en ese segundo, un rayo divino le hará recordar a ella que te ama. Que en sus vidas anteriores juraron amor eterno y hoy termina la búsqueda que comenzó el día que se separaron. Porque el amor se hizo para sentirse y no para juzgarse. No debes creer sino sentir que esa persona es la indicada. Sentir algo tan grande que te despierta en las noches con una felicidad eterna y te hace llorar al atardecer cuando el ocaso arranca del calendario otro suspiro de soledad forzada.

La maldita campana. En un segundo viajaste mil años a recordar lo mucho que la amabas y en ese mismo segundo volviste a perder la oportunidad de hablarle. De decirle, rogarle que te dejara amarla. Se baja, no se despide. Quizá está enfadada porque después de mil años no le dijiste nada al verla. Sale del cuarto y a tu mano izquierda se vuelve a perder de tu mirada.

Se cierra la puerta y con ella tu esperanza. Nuevamente te llena esa sensación de letargo que deja el último cigarro. Los próximos pisos transcurren muy rápido. Es increíble como su simple presencia hizo que el universo se moviera más despacio por unos segundos. Y como su simple ausencia devora las horas hasta la otra mañana.

Llegas a tu destino. No sabes si la sensación de vacío es por el café que compraste influenciado por el televisor o esa parte de tu alma que has perdido unos pisos abajo. Ingresas un código y te hundes en la máquina por otra jornada.

Por momentos en que tu mente encuentra un escape de la rutina, recuerdas esa silueta, esa sonrisa robada, ese ángel que te acompañó esta al igual que muchas mañanas. Caes de nuevo en el vicio de imaginar el mañana. Ese terreno inseguro del otro día que no sabes si llegará. Al igual que ayer vuelves a prometerte que le hablarás, que te presentarás ante ella. No te das cuenta pero esos sueños se comen tus ocho horas y devoran tus meses.

Y el suspiro que oprimía tu corazón va desapareciendo. Se seca entre llamadas pendientes y broncas no expresadas. Y al igual que siempre esa noche tragarás una lágrima. Te dolerán los brazos al estirarse e imaginar esa piel morena que no han tocado. Cerrarás los ojos y no podrás dormir por el reflejo de esa sonrisa. Finalmente será el cansancio la droga que te lleve a dormir y lo harás con una extraña sensación en la espalda.

Quizá producto de una silla vieja y gastada, o quizá el darte cuenta que en dos décadas y algunos meses nunca te habías sentido tan vivo como al besarla, ni tan completo como al abrazarla.


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