lunes, 25 de febrero de 2013
Los enanos morales
Este sobrevalorado proceso de putrefacción que todos llaman vida, está llena de nubes y pocos árboles. Este espejo pasado que llamamos mundo, está cada vez mas loco y computarizado y nos roba con sus malditos complejos heredados los buenos momentos.
Momentos bellos como esa sutil melancolía que queda luego de un beso, esa sensación entre crimen y placer que recorre las venas luego que robas un momento a una bella mujer. Ese breve instante en que por negociación de unas caricias entras en la historia de una persona y que con el calor de unos labios se escribe en ambos corazones. Dime, ¿acaso hay algo mejor?
Quizá de los miles de besos que damos en nuestra vida solo algunos logran colarse desde la boca hasta nuestros corazones. Y sin lugar a dudas el tuyo fue uno de esos que desde ayer guardo en mi recuerdo.
Es triste que el recuerdo de tu piel herida por mis besos prohibidos haya sido atacado por un complejo social que llamamos razón, que nos obliga a encontrar sentido y justificación a todo cuanto hacemos. Me da asco que cuando los humanos jugamos a dioses e inventamos el amor, los enanos morales nos hagan cuestionarnos la naturaleza de ese momento.
Porque ante todo es eso, un momento. No son los universales segundos que los labios se encuentran, es todo el instante antes, durante y después del beso. Desde el primer acercamiento de mi mano a tu piel, hasta el suspiro que uno suelta cuando termina.
Sin embargo, para ganar en este juego hay que respetar las reglas. Y esas reglas tratan de hacerme creer que lo que pasó fue incorrecto. Esas estúpidas reglas incluso tratan de convencerme que fue un error, o como mínimo algo una uña arriba de malo.
Pero esos enanos no estuvieron allí. Esos enanos no fueron los que tuvieron la dicha de robarte un beso, fui yo. El simple humano, el lleno de defectos, el que siente y piensa. El que tembló cuando su estereotipo de macho se derrumbó ante unos labios divinos.
Fui yo el que tuvo la dicha de abrazar aquel modelo que Miguel Ángel pasó décadas tratando de representar en mármol. Pero lo que nunca pudo su genio representar fue lo tibio de tu piel, tu aliento, tu corazón que latía detrás de una camisa que impedía a ambos gritar lo que se sentía.
Ahora ya es pasado, ya se ha analizado, ya lo hemos hablado y el recuerdo va unido a la resaca y al teléfono. Es una lástima que sea así. Afortunadamente los dioses también me dieron la facultad de controlar mis pensamientos.
Y cuando yo recuerde ese beso, lo haré hasta el momento en que terminó. No pienso agregar ni mi moralidad ni tus complejos. Ni mis complejos ni tu moralidad. Recordaré solo el momento con todos sus lados, tu boca, tus labios, tu piel, tu aliento, tu palpitación. Mis labios, mi piel, mi aliento, mi palpitación.
Y si el destino ya tiene su plana hecha y su laberinto celestial no vuelve a juntar tus labios a los míos yo lo tomaré como bueno y guardaré tu recuerdo. Aunque nadie dijo que los mortales no pudieran combatir el destino.
Se por donde saldrá el sol mañana, porque siempre ha salido por el mismo lugar, pero mañana el sol no alumbrará al mismo “yo”, porque este ser que soy es una pulgada más divino que ayer. Porque este loco bebió de los labios de una de las hijas de Afrodita algo de divino.
El cuento termina aquí, la historia no tiene nada que agregar, ambos sabemos nuestros peros y nuestros conflictos. Extrañamente ambos sabemos un poco más del otro.
Yo se algo más de ti, algo que muchos no tendrán el honor de conocer, yo se como entregan cariño tus labios. Yo sé cómo tus ojos se cierran cuando tu cuello recibe caricias y se como tus manos se juntan detrás de un hombre que tuvo la osadía de acercarse a tu interior.
Qué pasará mañana, la próxima vez, no lo sabemos. Yo sólo estoy seguro de algo y es lo que quiero. Pero claro, esa respuesta la guardo en mi corazón.
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