jueves, 7 de marzo de 2013

Los hombres que no amaban a las mujeres (Reseña propia)

Armageddon was yesterday, today we have a serious problem.

Stieg Larrson (Los hombres que no amaban a las mujeres)


Resumen

“Lo que quiero decir es que hay casos que se te pegan al cuerpo y se meten por debajo de la piel”, le comenta un detective retirado al protagonista de la historia, y es verdad. Hay libros que se te pegan, que a través de sus páginas se van fundiendo a tu persona y forman parte de ti. Algunos lo logran por provenir de cierta persona, por haber sido leídos en una época especial de nuestras historias, otros por su maestría en la prosa. Y algunos, por contarnos una historia tan intensa que resulta imposible abandonarlos.
“Los hombres que no amaban a las mujeres”, primer volumen de la trilogía Milenium del autor sueco Stieg Larrson es uno de esos libros. El resumen resulta hasta soso, un periodista caído en desgracia es contratado por una familia para fracasar en la investigación de una desaparición ocurrida 40 años atrás. Sí, fracasar, porque nadie en el libro tiene la convicción que pueda resolver el enigma. Ni el octogenario millonario que lo contrata, ni el periodista y ciertamente tampoco la o las personas detrás de la desaparición.
El investigador, Mikael Bloomkist, es un periodista económico, tachado de izquierdista por sus detractores y de paladín de la verdad por sus admiradores, ha sido embaucado y acusa a un prominente empresario de negocios sucios. El tema termina mal y es condenado por la justicia a pagar una indemnización económica y tiempo en prisión.
Como la justicia en Suecia no es igual que la nuestra, cuesta creer que la condena no se efectuará inmediatamente sino que tendrá unos cuantos meses antes de ingresar a un centro penitenciario que el mismo describe como “unas vacaciones de trabajo”. Es en este momento de su vida que recibe el curioso encargo de trasladarse a vivir a una región al norte del país para investigar la desaparición de Harriet Vanger, una niña de 16 años que durante un accidente que incomunicó la isla donde vivía el clan familiar se perdió del mapa.
A regañadientes y bajo el cebo de recibir una retribución monetaria jugosa e información que permita clavar en la cruz al empresario que le ganó en juicio, Mikael acepta el encargo. Vivirá un año en la isla, tiempo durante el cual su cliente, el millonario Henrik Vanger, bajo el supuesto de estar escribiendo una crónica de la familia, una de las más influyentes de la Suecia de antaño, le encarga investigar con ojos frescos una investigación que ni el obsesionado y recursivo millonario ni la policía han podido realizar.
La primera parte de la historia de Mikael se centra en conocer el pasado de la familia, en sus particulares relaciones con su amante y socia de la revista Milenium y el frío de perros que puede existir en el norte de Suecia durante los meses del invierno. Su investigación, como todos esperaban, no avanza mucho, y el lector tiene la oportunidad de ir conociendo cada hilo de la trama de la desaparición y posible asesinato de la niña. Los detalles a resaltar son la mezquindad de una familia empresaria donde existen bandos de gente que no se habla con tal o cual pariente, sean padres e hijos o hermanos, y donde hay desde fanáticos nazis hasta maestras de escuela pública. Segundo, Henrik está convencido que la niña fue asesinada, y que su asesino es un miembro de la familia que cada año, durante las últimas cuatro décadas, manda un regalo particular que sólo puede significar una burla y desafío por la impunidad de su crimen.
El periodista se ve rápidamente comprando la teoría del asesinato, aunque sin un cuerpo y cuarenta años de por medio, el caso parece más un episodio de homicidios sin resolver que una novela investigativa. El tiempo avanza y los familiares residentes en la isla toman a su manera la presencia del periodista. Unos lo aceptan, otros lo odian, hay quienes lo toman a comicidad y cómplice de los delirios del viejo y no falta quien lo toma por amante. Pero como la tecnología es prodigiosa y las laptop marca Apple son capaces de todo, finalmente una pista abre una nueva puerta en la investigación.
Mientras más se apasiona por el caso y los fantasmas del pasado revelan, no sin un duro trabajo periodístico, sus secretos, resulta evidente que hay al menos una línea de investigación nueva y que por nueva, ofrece más luces sobre el caso. Finalmente el nuevo callejón encuentra su tope y las esperanzas se esfuman como el hielo y la nieve del invierno hasta “unos agradables dos bajo cero”.
Finalmente, y por una casualidad el mejor estilo shakesperiano, logro total del autor, una charla casual con su hija, le revela al periodista la clave para descifrar el último callejón y por vez primera en cuarenta años, soñar con una salida de todo este laberinto. Sin embargo, la pista si bien clara, no es fácil de seguir, y Mikael se declara incapaz de continuar por cuenta propia una investigación que ahora plantea no un aislado asesinato familiar sino un asesino en serie activo hace 60 años y que la joven Harriet pudo haber identificado, causa a la postre según la teoría más actual, de su forzada desaparición y por ahora, casi seguro asesinato.
Es aquí donde a la historia principal se suma otro personaje, quien el autor ha ido presentando ocasionalmente entre uno y otro capítulo de la trama central, Lisbeth Salander. Digno estereotipo de la cultura gótica europea, Lisbeth es una mujer delgada que raya con la anorexia, vestida invariablemente de negro y con problemas de conducta y agresión que la han llevado a sus 23 años a no ser independiente, sino depender de un administrador para tener acceso a su dinero y que supervisa cada movimiento de su vida.
Pero que nadie se engañe, es Lisbeth la verdadera joya de esta historia, un personaje de aquellos que quedarán para siempre en nuestra memoria y que es imposible no amar. Proveniente de una familia rota y juzgada instantáneamente por cualquiera que la mira, Lisbeth es más que una “loca gótica” con problemas existenciales. Es, en sus propias palabras, la mejor hacker de Suecia, algo que no podría hacer sin su Power Book de Apple, posee memoria fotográfica y su mayor placer es investigar a las personas.
Para envidia de muchos, quien escribe estas líneas incluido, consigue un trabajo que le paga muy bien por hacer lo que le gusta y que no anda con ridiculeces morales como averiguar qué medios emplea para poder llevar información sobre todos y cada uno de los detalles de las personas encomendadas, desde estados de cuenta, correos enviados y hasta sus posiciones sexuales preferidas.
La suma de Lisbeth al equipo de Mikael permite avanzar rápidamente en la investigación y encontrar el rastro de un asesino en serie en los años 50, 60 y 70 que parece tener una obsesión con la biblia y mata a sus víctimas recreando los castigos más sangrientos encontrados en el Levítico.
Todo va tan bien, que la huraña y apática Lisbeth se toma por amante a Mikael con la excusa de “sentirse cómoda con alguien que no reacciona como todos los demás ante ella”, que el lector tiene la sensación que está a unas páginas de leer una confrontación y revelación al estilo Perry Mason. Pero el giro de la trama es la enfermedad y hospitalización de Henrik Vanger, protector de la investigación, y que estando fuera de la isla permite al villano tomarse las cosas más en serio y perseguir con un rifle a Mikael por la isla para evitar que se descubra su asunto.
Pero la identidad del agresor sigue siendo un misterio, y ya que un asesino de hace 40 años es poco probable que ande por allí con rifles de caza, surge la hipótesis que hay un segundo involucrado, alguien más joven que trabaja con el verdadero asesino o que tomó su lugar a la muerte de este. Viejos archivos empresariales y fotografías de veladas familiares permiten que tanto Mikael como Lisbeth den con la identidad del perpetrador al mismo tiempo, pero en lugares diferentes.
Mientras Lisbeth corre de regreso a informar a Mikael, éste no encuentra mejor manera de terminar su noche que yendo a la casa del asesino y confrontarlo. El señalado es Martin Vanger, hermano de Harriet y nuevo líder el imperio. Pero como todo buen malo merece su monólogo, el pobre Mikael es tomado prisionero y conducido a un sótano de tortura donde Martin ha llevado a cabo sistemáticamente la violación y asesinato de decenas de mujeres a lo largo de estos cuarenta años. Justo antes que la heroína entre en escena con un palo de golf y obligue a huir a Martin, este confiesa que es un cerdo misógino (de allí el nombre del libro) que siguió la tradición que le enseñara su padre, pero que jamás estuvo involucrado en la desaparición de Harriet. Que si hubiera llegado antes del accidente seguramente lo habría hecho, pero que de esa acción en particular él no tomó parte.
El pudiente empresario, perseguido por una moto de 125 c.c. en su flamante Volvo y con más de 50 víctimas en su haber, no encuentra mejor salida que empotrarse contra un camión cisterna y encontrar allí la muerte. Así se pone fin a la investigación de los homicidios, los de antaño fueron llevados a cabo por su padre y sin siquiera proponérselo, Mikael y Lisbeth detienen a un depredador sexual de más de 20 años de ejercicio.
Pasado el susto y con una marca de asfixia al cuello, Mikael y Lisbeth se proponen terminar con el misterio de Harriet, el cual en este punto parece una novela de Sherlock Holmes; da la impresión que ambos saben ya lo que pasó y sólo tienen que ir casilla a casilla avanzando por el tablero y confirmando sus teorías. Uno de lector intuye el final, Harriet no murió sino que huyó con ayuda de un familiar, sólo nos queda averiguar cómo y esperar el anticipado reencuentro de la sobrina y Erik Vanger.
Para virtud del escritor las cosas no suceden así, ya que el encuentro si bien nos reconforta, no está cerca de ser el final de la historia ni es un conjunto de pañuelos y lágrimas y perdones por las atrocidades vividas y permitidas. Primero viene la reacción de la familia ante la muerte del actual líder y el renacimiento de la niña tantos años dada por muerta y que maneja un imperio de ovejas en Australia. Luego viene la solicitud de Henrik de no dar a conocer la verdadera naturaleza de Martin por el daño que podría causar no sólo a la familia sino a los miles de empleados que se verían despedidos al irse a pique las empresas Vanger y el dolor de Harriet de ser la comidilla de los medios como la asesina de un padre violador y asesino y la hermana de un sádico sexual.
La indignación de Mikael y Lisbeth es inmediata y se suma el hecho de que la promesa de las evidencias contra el empresario corrupto fue siempre una mentira. Ambos se van de allí luego de un breve debate moral en comparación con los crímenes que deben callarse, y emprenden por su cuenta la ofensiva contra el empresario.
Con la ayuda de una red de hackers y la venganza de Mikael por encima de sus principios morales, desmoronan al empresario que resultó ser un auténtico banquero de la mafia de rusa, yugoslava, colombiana y yanqui. La novela termina con la revitalización de la revista Milenium y sus directores como los nuevos caballeros de brillante pluma que han preferido ir a prisión antes de comprometer sus principios y llevar a la luz pública a un cáncer de Suecia.
De vuelta a su vida, Lisbeth descubre que está enamorada de Mikael y se odia por eso y odia a Mikael por ello, ya que supone una fisura en la armadura que ha convertido su vida y su apariencia física. Un personaje duro, que a sus 23 años tomó por mano propia la venganza por ser violada por su administrador y que es capaz de ser tan comunicativa como una roca, termina tirando al río un regalo de navidad que no pudo entregar al cuarentón de Mikael al verlo caminar con su amiga-socia-amante por la calle.

Comentario

Me declaro culpable, muchas de mis recientes lecturas provienen de haber visto una película cuya trama captó mi atención y saber que son adaptaciones de una novela. En este caso le tocó el turno a “La chica con el tatuaje de dragón”, nombre más comercial que “Los hombres que no amaban a las mujeres” aunque no tan intrigante.
La novela es agradable, a pesar de su volumen (960 páginas en ebook) se lee con suma facilidad y muy pocas veces la trama se detiene lo suficiente como para querer dejarlo. Si bien Mikael no me parece un héroe, sin lugar a dudas Lisbeth Salander es un personaje de esos que se harán clásicos en el Siglo XXI. Su forma de vestir, tan juzgada en la actualidad, es la excusa perfecta para presentar una persona que no parece completa. Es demasiado buena en computadoras pero casi una niña sentimentalmente. En lugar de buscar una mujer con peculiaridades, el autor creó un ser peculiar con sexo femenino.
A pesar de existir dos historias, la de Harriet y la familia Vanger y la venganza de Mikael y Milenium contra los empresarios, ambas se llevan bastante bien. Creo que fueron demasiadas páginas al final para la historia de Milenium con la desaparición ya resuelta, pero entiendo que mientras te disparan con rifles para alces y estás a un pelo de dar con un asesino en serie, no estás para rescatar tu credibilidad y dar al traste con uno de los más grandes empresarios del país. Igualmente me hubiera gustado que ambas historias se fundieran más, o al menos antes en la trama, pero hasta que Lisbeth no ve a Mikael abatido y decepcionado con él mismo, la hacker no ofrece ayudarlo en ese tema.
El personaje de Lisbeth tiene mucho más de lo aquí expuesto, su complejidad sentimental es bien expuesta en el libro y si no se ahonda en estas líneas al respecto, es porque no puedo quitar a los lectores el gusto de conocer con sus propios ojos y de primera mano a la chica. La violación que sufre y su venganza son bastante rudas, aunque en lo particular no me parecieron negras, pero su proceso mental al respecto son dignos de una buena lectura.
Seguramente volveré a leer esta novela, aunque queda en el aire el cuándo, ya que con otras dos entregas que completan la trilogía, es más la curiosidad por ver lo que sigue que volver a vivirla. Me queda la agradable sensación de una investigación periodística devenida en trama policial con la dosis justa de angustia y zozobra sobre el final, pero también me queda claro que con 32 grados bajo cero, el invierno en Suecia es algo que no quiero conocer.
Enero, 2013

miércoles, 6 de marzo de 2013

Oz, el poderoso

Llega a los cines la película, “Oz, el poderoso”, la nueva propuesta de Sam Raimi, quien es recordado por la trilogía de El Hombre Araña, pero quien también se mueve bien en los dramas y sería injusto no mencionarlo por su trabajo en “Por amor al juego” con Kevin Costner. La propuesta de la película en cuanto al argumento es sencilla, se fueron a un mundo conocido como la tierra de Oz pero el giro consiste en contar una historia que el autor, Frank Baum, nunca contó, la llegada y conquista de este mundo por el legendario Mago de Oz.




La historia promete, ya que en palabras del mismo director existe la duda de “¿cómo se convirtió en un líder si es un farsante”, cuya fama existirá hasta la llegada de la famosa Dorothy y el aún más querido Toto. En términos de argumento se trata de la historia de Oscar Diggs (James Franco), un miembro de circo ambulante con más labia que habilidad que termina en el mundo de Oz. Allí encontrará personajes clásicos como Glinda (Michelle Williams) y Evanora (Rachel Weisz) la malvada bruja del este.

Al reparto de personajes se unen otros menos conocidos pero igualmente recordados como los Munchkins, Winkies y los monos alados, al menos uno de ellos llamado Finley. Entre los personajes debutantes está Theodora (Mila Kunis), otra de las brujas de este mágico mundo y Frank, el asistente en este mundo de Oscar y que continuará su misión de ayuda en las ilusiones a favor de su maestro, quien es tomado como el poderoso mago de una profecía destinado a llevar la paz a Oz.



Entre los elementos a destacar se encuentra la escenografía, creada por Robert Stromberg, quien habituado a crear mundos virtuales, se decidió por una propuesta más teatral, creando varios sets donde se llevó a cabo la filmación. Esto permitió a Raimi trabajar en su propuesta, en la cual “era importante tener una gran cantidad de platós para los actores. Realmente quería que tuvieran algo para tocar y ver. No me importaba si se imaginaban el mundo más allá de nuestros sets, sólo quería que Oz fuera un lugar lo más real posible para ellos.”

Todo esto sumado brindó mucha libertad en la creación, de la cual el libreto era la semilla, al reimaginar el camino amarillo, la Ciudad Esmeralda y otros detalles como el vestuario, las relaciones entre los habitantes de este mundo e incluso interactuar con otros seres del mundo de Baum que la obra maestra de 1939 no presentó.

El talento detrás de cámaras es tan laureado como enfrente, ya que ganadores del Premio de la Academia en las categorías de vestuario, efectos visuales y maquillaje están presentes en cada uno de los aspectos. Frente a las cámaras tanto Franco como Williams cuentan con nominaciones al Óscar, Weisz ya ha sido galardonada y Kunis en El Cisne Negro obtuvo reconocimiento con una nominación a los Globo de Oro.

En cuanto a la maquinaria de los estudios, se puede o no ser fan de Disney, pero nadie puede decir que sus producciones sean mediocres o que no estén dispuestos a agregar ceros al cheque de gastos para lograr el mejor producto posible, la saga Piratas del Caribe es el mejor ejemplo de ello.

La banda sonora cuenta con la participación de la múltiple ganadora del Grammy, Mariah Carey con la canción “Almost home”, descrita por la cantante como un dueto entre ella y la película.



¿Me gustará?

La pregunta de todo cinéfilo es si vale la pena la inversión de una entrada, o más bien, qué tan pronto debo hacer tiempo para ir a ver tal o cual película.

En el caso de “Oz, el poderoso”, aquellos que disfrutaron los escenarios y visión de la última versión de “Alicia en el país de las maravillas” no saldrán decepcionados, ya que los estudios Disney apuestan nuevamente en la creación de un mundo imaginario con un poco más de inversión en sets reales decorados con efectos visuales, sin exagerar en la pantalla verde.

Los amantes de la historia original podrán disfrutarla sin caer en las odiosas comparaciones entre libro y película, ya que la misma se mueve en un espacio de tiempo nunca antes retratado. Podemos asumir que pueden tomar la historia y contarla a su gusto ya que los elementos vitales no pueden ser profanados. Es evidente que la bruja del este no puede morir, que Glinda permanecerá siendo buena y que Diggs se convertirá en Oz al final de la película.



No creo que la película se convierta en un clásico instantáneo o que Franco pueda codearse con Johnny Depp en cuanto a personajes icónicos adorables, pero creo que la propuesta bien vale la pena el riesgo.

CON INFORMACIÓN DE: image.net e imdb.com

ENLACES: Sitio oficial, Ficha de la película, Comunidad

La Pajarera

Pulsas el botón. Inhalas por última vez el humo del cigarrillo. Es curioso, te das cuenta como el día comienza a las cinco treinta y no despiertas hasta las ocho menos diez cuando tocas ese botón. Tiras el cigarro y tu pie termina de extinguir el humo de la colilla con la misma facilidad con la que la jornada termina tus sueños de la mañana. Esos sueños que no pertenecen del todo a la noche ni del todo a tu conciencia.



Esos sueños que son tu compañía mientras el agua de la regadera limpia tu cuerpo y purifica la mente de esa noche que pareciera negarse a terminar y presiona tus párpados los primeros minutos del día. Esos que son tu copiloto rumbo al trabajo y que te hacen apagar el radio para que se apoderen mejor de ti y sentir que vives la vida que deseas mientras el rojo te da permiso de seguir avanzando.

Se abre la puerta, entras a ese espacio de treinta metros cúbicos. Nuevamente pulsas un botón. Por obra de ingeniería un sistema de pesos y contrapesos te lleva del sótano cinco a la parte alta. Te saca del hoyo de tus sueños y te lleva al cielo de sueños ajenos. Ese lugar donde trabajas ocho horas para hacer realidad las ilusiones de un empresario que humanamente esclaviza tu vida a cambio de una limosna salarial.

Ese pequeño cuarto es la garganta por donde la sociedad te vomita de tus sueños a la realidad. Es como una pajarera para humanos que sube y baja todo el día, que atrapa libertades, purga sueños, invade pensamientos. Sientes la fuerza con la que se viola la gravedad y su impulso se confunde con tu café mal tomado y el cigarro benditamente encontrado en tu guantera. Esa sensación gástrica que oscila entre la náusea y un placer mal entendido.

Ahora se abre de nuevo, lugar, sótano tres. Autómatas disfrazados de ejecutivos suben y con cara de bostezo reprimido te dan los buenos días. Esos ciudadanos que poseen una fábrica de complejos y un procesador de alimentos en su interior. Ambos adornados por la corbata en oferta del comercial de moda. Te preguntas si ellos al igual tuyo guardan un suspiro en su mirada y una caricia en los labios. Si sus frustraciones son como las tuyas o su vida es tan perfecta como lo aparentan.

Se abre de nuevo. El público femenino le da un tono más humano al cuartito. Primero una secretaria bañada en perfume y perfumada de poca clase. Te preguntas como puede mascar un chicle a esta hora. Su uniforme alivia tu jornada, se bajará en el doce. Una dama de nariz respingada y nalgas maltratadas sube con lentes oscuros. Es curioso, entraste hace tanto al sótano que no eres capaz de imaginar la cantidad de sol que abra ya para que esta señora vaya con gafas del tamaño de visores antirradiación.

Dos hombres más. Su facha es tan estereotipada que no sabes si son abogados, corredores de seguros, vendedores o algún híbrido de computación y bachillerato. Celular en mano se despiden de algo. Porque el trato es tan impersonal, tajante y poco amable que si no fuera por el “vaya cielo” de al final pensarías que hablaban con su perro.

Un hombre con casco logra entrar al último. La puerta casi se queda con su mochila. Es el único que no te causa disgusto. Sonrisa franca, ropa sencilla y manos callosas te hacen que te identifiques con él de inmediato. La gran diferencia es que no parece molestarle la jaula. Quizá la libertad que le da su menor pretensión social le hace más fácil soportar la gravedad del mundo.

Te reprimes por no haber disfrutado más del domingo en el parque. Por no haber visto ese programa cómico en la tele o por no haber soñado un poco más esta mañana. Por todas esas cosas sencillas que fertilizarían un poco más tu vida evitando ese sentimiento de ser también una máquina que sólo puede apagar sueños de juventud.

Te recuestas en la esquina, es el último sitio de privacidad que queda. En la pajarera todos invaden tu espacio. Tu sagrado espacio que sólo compartes con tu almohada y alguna cerveza esas noches de fútbol. Pero aquí eres atacado, la guerra se libra en cada poro. Cada nueva persona que ingresa es un frente de batalla que te hace retroceder más y más en la esquina. Quisieras echarlos a todos, reclamar lo que por derecho te corresponde. Pero al igual que todo, te obligan a compartir y pintar una mueca de sonrisa cuando alguien tiene un atisbo de cortesía y saluda al ingresar.

Decides dejar de prestar atención a tus compañeros de jaula y tratar de terminar ese sueño que la colilla se llevó al tirarla. Pero dos amigos comentan el juego de anoche y sus ladridos no dejan que tu tímida conciencia hable lo suficientemente recio como para que la escuches.

Piensas en otras cosas, tratas de evitar oír la conversación que inunda el pequeño ambiente. No sólo invaden tu espacio, atacan tus oídos, derrumban tus pensamientos. Y por si fuera poco el conjunto de olores de lociones, perfumes, desayunos y quien sabe que otras pócimas altera tus sentidos. Llevas tu mano a la nariz e inhalas el olor a cigarro que te quedó en las uñas. Te maldices por no haberlo terminado cuando podías.


Se abre la puerta en el segundo. Alguien se despide. Alguien saluda. Alguien sueña. Alguien bosteza. Alguien habla. Pero no eres tú. Sigues escondido en la esquina, con la mirada baja esperando hacerte invisible para que el viaje sea más llevadero.

Te pones nervioso. Vas en el cuarto. Falta sólo un escalón más para que tu vida sea importante. Sientes como si tu corazón no hubiera latido hasta esta hora. Tu respiración por primera vez en el día oxigena la sangre y despeja la nicotina de tu mente.

En el quinto la campana que acompaña la puerta es el prefacio de la visión del día. Un sueño vestido de falda y blusa inunda de belleza el lugar. Es ella, la misma mujer de cada mañana que sube en el quinto piso. Su porte esbelto y su postura aristocrática hipnotizan tu voluntad y tus prejuicios se encadenan a sus ojos.

Te mueves un poco adelante fingiendo que te acomodas y por sobre el hombro de un caballero vez parte de su cuello y pecho. Ves esa piel morena, ese gusto a Afrodita y caribe que tanto te gusta. Es como si su alma de mariposa estuviera envuelta en seda color piel, sospechas e intuyes que adentro de tal escultura vestida de uniforme se esconde un ser aún más hermoso que el que adorna el ambiente en ese momento.

Saluda con seguridad y su voz con acento a tango penetra el alma en tu oído y su dulce dardo destruye tu voluntad con la facilidad que se deshoja una rosa. Estas vencido. Llevas meses viendo su belleza y tu corazón cual potro salvaje patea contra tu pecho pidiendo que lo ensilles de palabra y le dirijas siquiera una frase.

Pero aún tus complejos son más fuertes. Al llegar al séptimo piso ya casi no pelea. Se resigna domado por el miedo, se duerme nuevamente junto al resto de tus sentimientos no confesados y llora en silencio esperando mañana encontrar la ventana por la cual un simple saludo pueda tender un puente imaginario entre esa diosa y tu persona.

Ella voltea a ver a sus acompañantes de paso y su mirada se posa por un pequeño pero infinito segundo en tus ojos. Una sonrisa muda parece salir de sus labios. Sí, fue así, sonrío contigo. Quizá por compasión, quizá tu sentimiento logró llegar a su alma y escuchó lo que tu deseo grita desde su oscuridad. Parece mentira como un instante puede ser a la vez tan fuerte y tan mortal. Ya no te mira. Te reprendes internamente por no haberle devuelto la sonrisa. Fue tan repentino que no supiste que hacer.

La gente comienza a bajar en el décimo. Los autómatas y el motorista van primero. Miras con ansiedad la numeración y tus intrusos. Conjeturas donde se bajan. Sabes de memoria que ella va al quince. Si todos se bajan antes tal vez te atrevas a hablarle. Cualquier pretexto sería bueno. Quizá le preguntes del clima, se sonreirá por la ironía y por segunda vez tu corazón palpitará hasta la médula. Una segunda sonrisa que ella dedica a ti. La primera quizá fue accidente, quizá no se dio cuenta que la mirabas. Pero ahora sería diferente. Solo estas tú y ella en la jaula, esa risa robada sería tuya y de nadie más.



 La secretaría y su uniforme de estudiante sabes que baja en el doce. La señora de lentes ridículos podría ir más allá del quince. Si gritas una amenaza de bomba quizá se baje. Pero podría bajarse ella también. Descartas la idea y no reaccionaras de lo estúpido de tu propuesta hasta que llegas al piso once. Una tímida sonrisa sale de tu boca y te das cuenta de la realidad.

Llegas al doce, la secretaria y los estereotipados se bajan. Queda la tipa, dama si se baja pronto, bruja si pasa del quince. Te regañas de nuevo por no darte cuenta que botón pulsó al subir. La ansiedad desaparecería si tuvieras ese dato. Siempre dejas cabos sueltos y luego eres víctima de tu irresponsabilidad. Hay tres botones marcados, el catorce, el quince y el tuyo. Reaccionas y comprendes que se bajará en el catorce.

Cuentas con cuatro segundos antes de llegar a ese piso. Más otros ocho que se ocuparan en los que baja la señora. Te dan un total de doce segundos para planear lo que le puedes decir. El gastado pretexto de preguntar la hora no funciona, traes manga corta y tu reloj queda hacia su lado y notará que lo llevas. El clima ya no parece ser tan buena idea.

Solamente once segundos más. Puedes mencionar lo bello de su sonrisa o lo suave de sus labios. Pero por atrevido lo desechas, no quieres que la primera impresión después de cuatro meses de verla en el mismo lugar te sea desfavorable. Diez segundos más. Te preguntas como sería verla en otro ambiente. Libre, fuera de la jaula, sin la presión de la inminente llegada de la hora de la esclavitud que arranca a las ocho. Quizá en un parque, tomando helado sola. Podría ser que te reconociera y te diera otra sonrisa.

La imaginas una noche caminando por la playa. Al igual tuyo escuchando llorar el océano y tratando de soportarlo. Ambos caminan en aquella oscuridad con la inigualable bendición de haber perdido el reloj metros atrás. Sus pies descalzos parecen acariciar la arena. El perfecto porte de sus hombros desnudos te hacen imaginar su sabor al tacto de tus labios. Piensas en su expresión de placer y deseo si la besaras lentamente por el cuello, una unión sin prisa, sin testigos, simplemente el inicio de lo que más tarde sería una noche juntos, una noche eterna que no terminaría aún cuando los hijos regresaran de la Universidad.

Reaccionas que has perdido dos segundos en los helados  y la playa cuando suena la campana del catorce. Tu respiración aumenta, las palpitaciones suben a tal nivel que casi hacen eco en el cuarto ahora casi vacío. La matemática cae de golpe y te recuerda que tienes otros cuatro segundos entre el catorce y el quince. Aún hay tiempo, te concentras y una ligera transpiración aparece en tu frente. El nerviosismo no te deja pensar con claridad.

La dama baja y se despide, contestas el buenos días mientras tu mente tiene un cuatro impreso en ella. Se cierra la puerta. Anímate, vamos, has algo. En cuatro segundos ella saldrá por la puerta de esa jaula hacia su libertad y perderás un día más sin hacer nada.

La volteas a ver y su perfil embriaga tu pensamiento y derrama en tu corazón una catarata de belleza inimaginable. Nunca la habías visto en ese ángulo. La luz mortecina no le pega directo, parece que hasta la misma luz admirara su belleza y en lugar de iluminar se empaña ante ella. Un rayo más soberbio intenta llegar a su rostro y en lugar de pegarle la acaricia haciendo resaltar su nariz y las pestañas infinitas.


Sus pómulos tímidos casi no llaman la atención, saben que la barbilla se lleva los honores a su paso y se limitan a ser la corte de la belleza envuelta en mujer. La falda arriba de la rodilla te hace suponer que Miguel Ángel debió conocerla al esculpir los muslos de sus mujeres, sus diosas. Porque eso es ella, una amalgama de humano y divino, de mujer y sueño. Quisieras verla en blanco y negro, para con tu imaginación pintar cada centímetro de su cuerpo con los colores del amor y la ropa del deseo.

Sin lugar a dudas el dueño del universo tiene hijos consentidos. Es evidente que en esta criatura puso doble esfuerzo. Cuesta ver tanto de divino en un solo cuerpo, es tal su resplandor que no puedes abarcarlo de una sola mirada. Casi te has bebido su silueta cuando solamente dos segundos te separan del final.

Piensas a lo loco, tus pensamientos no están siendo filtrados por la razón como debieran y te golpean la garganta miles de incoherencias que debes reprimir para no invadir con tus torpezas el aire que ella respira.

¿Por qué no la besas? Acércate a ella y la abrazas, te ahogas en su mirada negra y dejas que sin palabras tus labios testimonien lo que por dentro te quema. Un beso tierno y seguro. No podrá reaccionar, cuando suene la campana un segundo más tarde tu ya habrás bebido su alma y será tuya. Ella sentirá en tu beso lo que llevas por dentro y ese segundo le hará saber lo que tres meses de conquista no lograrían hacer bien.

Será el segundo que dos almas gemelas esperan por mil años para volver a repetir desde su último encuentro. En ese beso, en ese segundo, un rayo divino le hará recordar a ella que te ama. Que en sus vidas anteriores juraron amor eterno y hoy termina la búsqueda que comenzó el día que se separaron. Porque el amor se hizo para sentirse y no para juzgarse. No debes creer sino sentir que esa persona es la indicada. Sentir algo tan grande que te despierta en las noches con una felicidad eterna y te hace llorar al atardecer cuando el ocaso arranca del calendario otro suspiro de soledad forzada.

La maldita campana. En un segundo viajaste mil años a recordar lo mucho que la amabas y en ese mismo segundo volviste a perder la oportunidad de hablarle. De decirle, rogarle que te dejara amarla. Se baja, no se despide. Quizá está enfadada porque después de mil años no le dijiste nada al verla. Sale del cuarto y a tu mano izquierda se vuelve a perder de tu mirada.

Se cierra la puerta y con ella tu esperanza. Nuevamente te llena esa sensación de letargo que deja el último cigarro. Los próximos pisos transcurren muy rápido. Es increíble como su simple presencia hizo que el universo se moviera más despacio por unos segundos. Y como su simple ausencia devora las horas hasta la otra mañana.

Llegas a tu destino. No sabes si la sensación de vacío es por el café que compraste influenciado por el televisor o esa parte de tu alma que has perdido unos pisos abajo. Ingresas un código y te hundes en la máquina por otra jornada.

Por momentos en que tu mente encuentra un escape de la rutina, recuerdas esa silueta, esa sonrisa robada, ese ángel que te acompañó esta al igual que muchas mañanas. Caes de nuevo en el vicio de imaginar el mañana. Ese terreno inseguro del otro día que no sabes si llegará. Al igual que ayer vuelves a prometerte que le hablarás, que te presentarás ante ella. No te das cuenta pero esos sueños se comen tus ocho horas y devoran tus meses.

Y el suspiro que oprimía tu corazón va desapareciendo. Se seca entre llamadas pendientes y broncas no expresadas. Y al igual que siempre esa noche tragarás una lágrima. Te dolerán los brazos al estirarse e imaginar esa piel morena que no han tocado. Cerrarás los ojos y no podrás dormir por el reflejo de esa sonrisa. Finalmente será el cansancio la droga que te lleve a dormir y lo harás con una extraña sensación en la espalda.

Quizá producto de una silla vieja y gastada, o quizá el darte cuenta que en dos décadas y algunos meses nunca te habías sentido tan vivo como al besarla, ni tan completo como al abrazarla.


viernes, 1 de marzo de 2013

Susurros después del beso

 
¿Sabes por qué después de un beso hablamos en susurros? Porque luego de un momento tan mágico no queremos correr el riesgo de despertar nuestro pasado con palabras recias. No queremos que una palabra desempolve algún recuerdo que altere ese momento. Y es que todos tenemos nuestro equipaje, distintos labios han marcado y herido nuestros corazones y no sea que por hablar recio alguno de esos recuerdos se meta en nuestra mente en ese momento y le robe la magia que nos ha regalado.

No queremos correr el riesgo de caer en comparaciones, sería injusto para ti, para mí y para el recuerdo. Tal vez por eso también nos movemos despacio, por miedo que el gran mago corra la cortina demasiado rápido y nos deje la sensación de vacío con la que vivíamos antes del encuentro. Las manos parecen encontrar su camino y al igual que otros actos de prestidigitación esconden las verdaderas intenciones, ya sean de retener, de deseo o simplemente dibujan un hechizo en un esfuerzo por fundir ambos cuerpos y que las almas se toquen más allá de lo que las palabras puedan lograr.

Por supuesto que hablo de esos besos especiales, aquellos nacidos en el corazón y no fabricados en la máquina de complejos que es la cabeza o surgidos del deseo debajo de la cintura. Hablo de esos besos que no quieren aprisionar sino liberar, liberar lo que hemos estado tragando amargamente noches antes cuando empezamos a imaginar el escenario para su nacimiento.

Esos besos que conforme más vueltas al sol tienen nuestros cuerpos más peligrosos se vuelven, o tal vez sólo sea que de jóvenes somos más valientes y estamos dispuestos a jugarnos una herida con mayor facilidad. Pero conforme el tiempo nos acumula calendarios, cada uno de esos primeros besos es un riesgo mayor, porque cuando las hormonas ya han sido conquistadas por el cerebro y somos más dueños de nuestros miedos, somos capaces de pensar en las consecuencias con mayor atención. En realidad, si somos justos, todos nuestros primeros besos, a excepción de aquellos que tienen la bendición de ya haber dado el último, nos han dejado tristezas.

Y aun así, quién de nosotros no buscaría arriesgarse una vez más y besar unos labios esperando que la temida consecuencia no sea un adiós, como lo han sido todas las anteriores. Pero los demonios son grandes y habitan al lado de la memoria. Nadie que tenga muy reciente una decepción se atreverá a dar uno; nadie que tenga ya muy lejos su último adiós quiere atreverse. Y así los demonios van ganando territorio como en una partida de ajedrez cuyo único resultado parece ser la derrota ante la soledad o la conquista de la misma mediante la aceptación.

Hace más de tres mil años que el humano inventó el beso como medio de expresión de los sentimientos, el ciclo se ha repetido una y otra vez en la comedia humana, con infinidad de primeros besos y casi la misma cantidad de decepciones. Por eso, hablar recio es casi una falta de respeto, porque durante ese primer beso fuimos co-creadores de la sinfonía que mantiene este universo en movimiento, el amor, y ya nos pertenece desde el momento de separar los labios, sólo nos queda retirarnos y tratar de absorber lo más que podamos de ese momento.

Y al igual que esos momentos que siguen al beso, este texto no encuentra su salida, porque aunque habla de un imaginario beso que nunca nos hemos dado y que tal vez nunca daremos, simplemente no encuentro las palabras. Sé que vería tus ojos y tomaría tus manos para retenerte cerca un momento más, sé que mis pies buscarían el suelo para descender de nuestro cielo privado y así reconectarme con la realidad y mi mente saltaría estrepitosamente buscando un ancla y mis complejos se sentirían amenazados pues el beso no sería en sí mismo un fin, sino un principio, y ellos llevan tanto tiempo dominando el campo que se verían amenazados por primera vez en mucho tiempo.

Y así deambulo por el mundo, soñando la posibilidad de besarte por vez primera y a veces perdiendo ante el miedo de otra nueva decepción y pensando que sería mejor no arriesgarse. Definitivamente besar a alguien después de los treinta es un deporte de alto riesgo, ninguno de los dos está para arriesgarse con un “tal vez funciona”, pues es de suponer que el corazón sólo puede soportar cierta cantidad de heridas antes de quedar inservible.

Ambos estamos en este juego, y ninguno tiene las instrucciones, sólo conocemos las reglas. Ni tú ni yo saldremos ilesos, pues cuando los dados sean tirados la partida debe terminar, de una forma o de otra, y lo que es peor, ninguno de nosotros controlará los dados. Será el destino quien caprichosamente determinará los siguientes movimientos y pondrá los obstáculos de siempre, la familia, las aficiones, los defectos; y ninguno de estos enemigos pueden ser vencidos por algo como un beso.

Lo único seguro es que luego de besarnos, hablaremos en susurros, y la menos eso sabré por qué lo haremos.