jueves, 22 de agosto de 2013
Mi nuevo amigo... Pichuco
Y allí estaba yo, haciendo cola en el IGSS a las 6 de la mañana. No era una mañana fría ni particularmente especial. Pero pronto cambió. Mientras hacía bromas y esperaba la hora de moverme, un perro de la calle se acercó a mí y sin mediar más que un par de olfateos a mi pantalón se acostó a mi lado con su cabeza sobre mi pierna y me pidió cariño.
Ustedes me conocen, siempre los animales han sido habitantes de la parte blanda de mi corazón. Siento por ellos una devoción y deseos de ayudar poco comunes y casi irreconciliables para aquellos que me "conocen" socialmente.
Me atreví a acariciar su cabeza y su mirada tuvo un cambio inmediato. Torpemente, quizás por algún dolor, falta de costumbre o simplemente por nunca haberlo hecho, se tumbó boca arriba para que le acariciara la panza. Fue un momento intenso, de alguna forma entendí que este movimiento no era natural o al menos común en él.
Mientras compartía con él pedí que me compraran un poco de pan. No se abalanzó sobre él, aunque su hambre fue notoria cuando notó que iba en serio que lo alimentaría. Luego de comer se sentó otro rato al lado mío y cuando la cola avanzó cerca de las 8 de la mañana se paró, olió el aire enfrente mío y se marchó.
No me cuesta interactuar con los animales, de hecho me gusta. Pero debido a experiencias personales y laborales recientes, el contacto con cierta persona y un documental visto la semana pasada, mientras pasaba esa hora u hora y media en compañía de Pichuco (no pregunten, me nació llamarlo así) no pude sino recapacitar un poco y ver el paralelismo sobre lo que me pasó y el trabajo o misión que algunas personas realizan con personas menos favorecidas.
Me puse a pensar que me he hecho un tipo duro, o que me engaño a mí mismo pensando que soy un tipo duro cuando en realidad sólo estoy siendo indiferente. ¿Por qué puedo ver un perro en la calle y querer ayudarlo pero me niego a ver a niños o gente marginada y sentir lo mismo? Obvio no seguí mucho por este camino, no era el momento ni el lugar de recibir una crítica de mi propio Pepe Grillo. Pero volviendo a estas personas que ayudan a otros, creo que algo me enseñó Pichuco que quiero compartir.
Primero, yo no lo busqué, de hecho él ya estaba allí como muchos otros de su especie y su condición. Pero no puedo dejar de pensar por qué me buscó a mí, quizás fue que olfateo a mis otros perros en mi ropa, aunque mi ego quiere convencerme que lo que olió fue otra cosa. Voluntad, deseo, algo que no tienen los otros que le dijo: "Vamos, éste es buena persona".
Se acercó a mí y no lo rechacé, no lo busqué ni lo llame, él vino y lo recibí. Tal vez ese sea el primer camino, estar abierto a cualquiera que pase cerca, nunca se sabe quién puede necesitar una caricia y tu mirada o tus prejuicios o cualquier otra excusa puede ser "olfateada" y percibida como un rechazo antes siquiera de la interacción.
Una vez me dejó acariciarlo se dio permiso para pedir más, cualquier que haya tratado con un perro extraño sabe la importancia de no abusar de la confianza. Algún movimiento brusco o una imposición tipo "quiero que hagas esto o que seas así o que me dejes hacer esto o aquello" puede ser tomado como una amenaza y obtener una mala reacción, y el perro se alejará o morderá, es su naturaleza, es un perro, sólo sabe morder y ladrar. ¿No deberíamos ser así con las personas? No tratar de imponernos sino dejar que ellos mismas te pidan y te digan cómo puedes ayudarlos.
Al fin de cuentas, ¿cuántos humanos habrán tratado mal a Pichuco en su vida? ¿Se le puede culpar por tener recelo y ser un marginado cuando otros de mi especie lo han orillado a esa vida? No lo creo.
Finalmente, la realidad y sus imposiciones. No podía ayudarlo más que llenando su estómago, esto después de haberlo acariciado, eso me parece una lección vital. Cuando lo miraba comer sabía que no estaba haciendo gran cosa por él. Ayer tuvo hambre, mañana tendrá hambre, quizás ese mismo día por la tarde vuelva a tenerla. Pero yo no podía hacer nada por esos ayeres y los inseguros mañanas. Simplemente estaba allí y traté de hacer algo ahora, presente. Por poco que fuera era algo, lo único que podía en ese momento.
No le di pan por compromiso o comodidad, era lo que había, lo que tenía acceso aparte de mi tiempo y caricias. Tampoco se lo tiré, vamos, ni que fuera un perro para tirarle la ayuda por miedo a una mordida. Nuestra relación terminó, se levantó y se fue, su condición no le permite decir "gracias", como tal vez le pasa a muchos humanos en situaciones marginales, pero tampoco le hubiera dicho "de nada", al final no hubiera entendido que en realidad él hizo tanto por mí como yo por él. O quizás fue más su aporte a mi vida, inspiró estas líneas, me hizo cuestionarme un poco mi actitud ante otros y una buena reflexión no puede retribuirse.
Al irse no pude sino sentir cierto vacío, cierta desazón por haber hecho tan poco y por el vacío que ahora dejaba la ausencia de un amigo. De inmediato recordé a una amiga que me dijo lo mismo citando a Teresa... cuánto más doy, más vacía me siento. ¡Cuánta razón en esas palabras! Qué curioso camino el de David para aprenderlo, a través de un perro. Supongo que alguien me conoce muy bien allá arriba para saber que quizás Pichuco era el mejor medio para hacerme entender eso y entender a otros "ángeles" como Teresa que lo hacen día a día por otras personas.
No pretendo decir que he cambiado o que siquiera cambiaré, sería una farsa hipócrita de mi parte. Pero la reflexión quedó, la enseñanza fue dada y recibida. La ventana de atrás se abrió y la brisa que trajo consigo, si no hago oídos sordos a ella, puede colarse en la casa y cambiar la veleta. Tal vez el simple contacto con ciertas personas de alma cálida y las "casualidades" de la vida son los medios para ayudarnos a crecer. Tal vez ciertas personas con el sólo hecho de estar cerca de tu vida, con uno o dos empujoncitos de Pichuco, puedan ser suficientes para motivar el tratar de ser una mejor persona.
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